Discutía con un amigo sobre si las canciones de las que uno tiene buenos recuerdos son porque uno las tenía en la cabeza o las escuchó en el momento, o empatizó con la letra.
A éste sentimiento le pusimos “el soundtrack de la vida”, porque, por el motivo que sea, uno asocia canciones a ciertos eventos, tristes o alegres.
Y éste personaje me pidió un compilado de lo que yo consideraba el soundtrack de mi vida. Supongo que podía haberle puesto cómo conocí a uno de mis ex que me llamaba por teléfono y me ponía Monterrojo, o cómo estando en la rambla otro de mis ex quería ir a Bs.As a escuchar a ACDC conmigo. Conocí a mi “querido” porque los dos escuchábamos a Martín Buscaglia, lloraba con Shakira o con Blink 182 cada vez que rompía con alguno, me emocioné al escuchar a Nobuo Uematsu con la sinfónica japonesa, me acordé de cómo mi viejo escuchaba a B.B. King en el auto (y ahí nació mi amor por el blues), y de cómo envidié malsanamente a Nicolás Ibarburu el día que apareció en lo de mi profe de guitarra y a mí no me salía un maldito acorde de murga. El Danubio Azul me hace acordar cómo bailaba excelentemente el vals mi abuelo.
El soundtrack de la vida de cada uno es complicado, porque significa mucho para el que lo arma, y muy poco para el que lo escucha. Éste no tiene los recuerdos de cada cosa que pasó con esos temas fantásticos que hacen que influyan en la memoria (y hasta la imaginación) de uno.
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